Cobarde y mentiroso

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En el Centenario de la Revolución Bolchevique

Carlos Alarcón

Publicado: 2017-11-20

Hace cien años, 7 de noviembre de 1917 en nuestro calendario, la Revolución Rusa encendió la antorcha del socialismo, inaugurando una nueva época de la humanidad y una esperanza para todos los pobres del mundo. Antorcha que no ha podido ser apagada, aun con la caída de Unión Soviética y los embates y calumnias del imperialismo. Este es el principal legado de la Revolución Rusa, liderado por Vladimir Ilich Lenin, marcando la historia del siglo XX y la del presente siglo. 

Estamos presenciando conmemoraciones en todo el mundo, de todas las tendencias, y no podía faltar las de las derechas recalcitrantes imperialistas y pro imperialistas; no para discutir su importancia y trascendencia sino para seguir calumniándola; es tanta su hipocresía que soslayan que muchos grandes burgueses aún superviven en la crisis del mundo capitalista gracias al socialismo chino.

La burguesía sabe que la llama de la revolución bolchevique no está extinguida y seguirá combatiéndola; hasta la burguesía rusa ha mostrado sus temores capturando a alrededor de 400 activistas, cerrando el mausoleo donde reposan los restos de Lenin para impedir que sea visitado en el día del centenario de la revolución y ha obligado a los manifestantes a pasar por un largo y estrecho callejón policial por cerca de 2 horas para llegar a la plaza donde se realizaba la concentración por el Centenario de la Revolución, Pese a todo, fue un acto multitudinario, con participación de delegaciones de diferentes partes del mundo.

Con el triunfo de la Revolución Rusa, la llama de la antorcha bolchevique se esparció en el mundo entero, por la conquista de los derechos de los desposeídos y la liberación de los pueblos del yugo colonial y semi colonial. Desde los primeros años de la Revolución, se establecieron derechos democráticos y sociales, que en muchos países aún se discuten en espera de su implementación.

Se consagró el derecho al trabajo, la jornada de 8 horas, el seguro a la salud, la vejez y el desempleo, etc.; la igualdad de género, el derecho al voto de las mujeres, la preservación del empleo en el periodo de embarazo, el derecho al aborto voluntario y seguro; el derecho a la educación gratuita y obligatoria, etc., etc. Derechos que solamente pueden garantizarse cuando la economía está al servicio del pueblo.

La contradicción entre el capitalismo y la Unión Soviética marcó todo el siglo XX. No puede entenderse ese siglo sin esa contradicción. La acción burguesa por destruirla no escatimó ningún medio. Al fracasar, en 1923, la contra-revolución blanca apoyada por ejércitos de Estados Unidos, Japón, Inglaterra y Francia, cifraron sus esperanzas en que el ejército nazi liquidara al Estado soviético en la Segunda guerra mundial. Solamente cuando el Ejército Rojo expulsaba a los alemanes de su territorio en 1943, Estados Unidos intervino en el norte de África y el sur de Europa y se organizó el segundo frente y la Invasión de Normandía, reclamado por Rusia desde el principio entre los aliados.

Después de la guerra, la Unión Soviética victoriosa reconstruyó rápidamente su país sin ayuda de nadie, hasta convertirse en la segunda potencia económica y militar del mundo. Sin los éxitos del socialismo naciente no puede entenderse por qué la burguesía tuvo que aceptar el Estado de Bienestar (entre las décadas de 1950 y 1970 del siglo pasado). El capital europeo, arruinado y temeroso de que los trabajadores siguieran el ejemplo bolchevique, aceptó convivir con los sindicatos, reducir la jornada laboral, incorporar la seguridad social, reconocer derechos democráticos, implementar controles e intervenir estatalmente en la economía.

Una vez liberados de la amenaza soviética, dieron rienda suelta al neoliberalismo, suprimieron controles estatales y acometieron contra los derechos laborales y sociales de sus trabajadores, convirtiéndolo todo en un sucio negocio. La desbocada carrera por las ganancias ha llevado a la primera gran crisis capitalista del siglo XXI y el capitalismo no logra salir de este fango hasta la fecha. Mientras tanto, se reaviva la llama de la antorcha encendida por la revolución bolchevique y se fortalece la esperanza de vivir en un mundo mejor.

La Revolución bolchevique demostró que sí es posible la revolución social en los países de capitalismo atrasado, semi coloniales y coloniales; demostró que el proletariado en alianza con el campesinado, los sectores oprimidos y las fuerzas patrióticas nacionalistas, son los únicos que pueden conquistar la independencia y lograr un desarrollo integral y armonioso que traiga bienestar, dignidad y seguridad al pueblo

La ola de construcción de los partidos proletarios se esparció por la faz de la tierra. Así tenemos que en 1920 se funda el Partido Comunista Chino, cuyo “socialismo con características propias para China” asombra al mundo por su desarrollo sin parangón en la historia. También está el nacimiento del Partido Socialista de José Carlos Mariátegui, que, adhiriéndose al marxismo-leninismo, proclamara la construcción del socialismo peruano como “creación heroica, sin calco ni copia”.

En este Centenario de la Revolución Bolchevique, los mariateguistas, dispersos en diferentes organizaciones, tenemos la oportunidad y la obligación de reencontrar la senda revolucionaria. La tarea no es ni será fácil, pues se trata de una nueva “creación heroica”. Para ello debemos cohesionarnos ideológicamente en el marxismo – leninismo. La experiencia ha demostrado que la ausencia de ideología y de programa revolucionario lleva a la dispersión, a la incoherencia, a la pérdida de voluntad política y, por tanto, a la desconfianza del pueblo. Una organización sin ideología ni programa revolucionario solamente facilita el interés egoísta individual, del que se nutre el oportunismo.

Debemos reconstruir la teoría de la revolución peruana. Hoy más que nunca nuestro capitalismo dependiente, no sólo reproduce el agobiante centralismo, sino que es excluyente y marginador por excelencia. En estas últimas décadas, el capitalismo es incapaz de incorporar en su seno a miles y miles de compatriotas, sea como trabajadores o como burgueses.

El pueblo peruano sabe cuán difícil se ha convertido conseguir un empleo digno, de allí su gran afán por calificarse en las universidades y en los institutos, pero solo una minoría logra este objetivo. A la gran mayoría le quedan dos caminos: emigrar al extranjero o poner cualquier negocio como “trabajador independiente”.

En este contexto, alrededor del 70% de nuestra PEA trata de salir adelante en la informalidad y la auto-sobre-explotación. La mayoría de estos “independientes” son de economía de sobrevivencia, que cubre en el mejor de los casos sus gastos en alimentación, vestido y vivienda, sin capacidad de ahorro y acumulación y mucho menos con capacidad para brindarse una seguridad social, y deben laborar largas jornadas de 10, 12 y hasta 16 horas diarias.

Hay, pues, cambios importantes en la composición social de nuestro país, por eso, con los instrumentos marxistas tenemos la tarea ineludible de reconstruir la teoría de la revolución peruana y dotarnos de un programa revolucionario que dé solución a los problemas estructurales del Perú. Sin estos instrumentos, la participación electoral no tiene rumbo, porque primará el interés individual de asegurarse candidaturas y puestos en el poder estatal, que hacen inviable un frente de izquierda y popular sólido y resistente al divisionismo, que, de llegar al Gobierno, traerían otra gran frustración a los trabajadores y pueblo peruano.


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