Cobarde y mentiroso

Vizcarra no es el cambio, es un administrador más de las grandes empresas corruptas que manejan el país

-Emancipación se pronuncia-

Publicado: 2018-04-18

Tras el ascenso de Martín Vizcarra a la Presidencia de la República, parece primar una extraña calma. Muchos peruanos han pasado de exigir “que se vayan a todos” a dar su respaldo a Vizcarra, por ser un rostro nuevo: provinciano, ingeniero y con un discurso conciliador. 

Los medios de comunicación, llenos de los analistas de siempre, le dieron sus parabienes al nuevo mandatario. Algunos, incluso, siguieron insistiendo en que tendrá que tener “posición firme frente al fujimorismo”, aunque el fujimorismo, el APRA y las fuerzas políticas más repudiadas por la población también le hayan dado su aval.

¿De pronto se acabó la crisis? ¿Qué es lo que sucede? Ante este nuevo escenario, desde Emancipación consideramos necesario manifestar lo siguiente.

1. La aclamada “estabilidad” no es más que la estabilidad del gran empresariado

La crisis de legitimidad del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, generada tras salir a la luz información que probaba que había recibido dinero de la empresa Odebrecht, ha tratado de ser resuelta por el bloque político-empresarial dominante de tal forma que su manejo del país no sea puesto en riesgo.

Cuando la figura del Presidente se vio demasiado desgastada, el empresariado promovió su renuncia, como una salida a la crisis que asegure estabilidad para sus inversiones. El fujimorismo, en la misma dirección, comprendió que le convenía ser oposición frente a un gobierno concertado y no dudó en tramar la trampa del video grabado por el congresista Mamani, que lo soltaron poco antes de la votación de la vacancia. El silencio de Vizcarra, a pesar de que el gobierno le pedía su respaldo, habla por sí solo. Vizcarra era la carta del pacto y de la estabilidad entre los de siempre.

2. La crisis no ha terminado con la renuncia de PPK. La corrupción y el manejo empresarial del Estado continúan con Vizcarra

La oligarquía político-empresarial que tanto daño hace al Perú, salió fortalecida y con aires de renovación. ¿Cuánto tiempo durará Vizcarra? No lo sabemos y no es lo central. Lo que sí es claro es que Vizcarra no significa un cambio y que el gran empresariado podrá sacar adelante, con él, las reformas que le permitirán mantener su tasa de ganancia; es decir, ahondar más la política neoliberal de explotación y saqueo de recursos, robando y pisoteando al pueblo peruano, como lo vienen haciendo, mediante diversos operadores políticos y técnicos, desde 1990 de forma ininterrumpida.

Los trabajadores, los maestros, los campesinos, los hombres y mujeres que sostenemos el país, estamos avisados. Vizcarra no solo es más de lo mismo, sino que su rol es ser un títere. Nuestro enemigo es ese puñado de grandes empresas, y políticos aliados suyos, que están detrás, que prefieren no ser señalados.

Los sectores populares y de izquierda, por lo tanto, no debemos albergar ninguna esperanza en el nuevo presidente pues no representa cambio alguno en la conducción política del Estado: se trata solo del reacomodo de operadores políticos al servicio de la clase empresarial que maneja el Perú para sus beneficios desde la dictadura fujimorista.

3. Extraigamos los aprendizajes necesarios desde el movimiento social: es necesario ir más allá del anti-fujimorismo y fortalecer la organización popular

Hoy podemos decirlo con claridad. No había una derecha “democrática” frente a una “derecha autoritaria”. No era el fujimorismo el único enemigo, de modo que se justificara el respaldo a cualquier fuerza política que se le oponga, así sea la del lobista y corrupto PPK. No se trataba de “defender las instituciones” frente al enemigo naranja y el fantasma de la dictadura.

Con el juego del mal menor, nuestras instituciones venían siendo secuestradas por la gran empresa desde los años noventa y nuestra capacidad de confrontación contra el verdadero enemigo disminuía. Ante los hechos de los últimos meses y la evidencia de corrupción, debemos ser contundentes en decir que es el gran empresariado el que niega nuestra democracia y nuestra soberanía y que la gran mayoría de fuerzas políticas, con sus conocidos ex presidentes, han sido operadores de los mismos intereses.

El anti-fujimorismo, que en algún momento fue progresista, hoy nos frena y nos confunde; se ha tornado conservador. Debemos ir más allá. La línea divisoria de hoy es entre pueblo trabajador y gran empresariado corrupto y autoritario.

Pero si la derecha peruana y la gran empresa, a la que responde, han logrado tener tanto poder, al punto de permitirse pelear entre sí sin que su dominio esté en juego, es por algo. Su fuerza es efecto directo de nuestra debilidad, de nuestra dispersión, de nuestra incapacidad de articular nuestras luchas, de reconstruir nuestras organizaciones, de, en fin, sumar y organizar nuestras fuerzas para hacer un contrapeso y vencer.

Esas limitaciones han salido a la luz en los intentos ciudadanos por movilizar a la población en el marco de la crisis política. Las formas de organizarnos y las consignas que hemos levantado no han llegado adecuadamente a la gente. No solo el anti-fujimorismo, que quiso imponer su mirada limitada, nos llevó a mirarnos solo a nosotros mismos y a bajar la cabeza ante las limitaciones del Ministerio del Interior a nuestro derecho a la protesta, sino que los sectores más críticos tampoco fuimos capaces de salir de la marginalidad y darle alternativas al pueblo trabajador.

No hemos sabido ponderar con inteligencia, y sin perder un ápice de convicción, el análisis objetivo de nuestras fuerzas y el horizonte de cambio profundo, que, en el momento presente, no es otro que la refundación del Estado, desde un proceso popular constituyente. Nos hemos visto encerrados entre dos polos: o asumir como natural y eterna nuestra debilidad para no plantear más que críticas moderadas y salidas institucionales, o creer que con nuestra voluntad revolucionaria bastará para crear de pronto asambleas populares constituyentes en todo el país, negando toda institucionalidad, sin haber logrado cuajar un movimiento real. El resultado era esperable: el agotamiento de la indignación.

En este contexto debemos ser claros. No habrá cambio posible sin un movimiento popular activo y organizado y no habrá un movimiento de tales características si no hay un horizonte de cambio verdadero. Pero el horizonte es precisamente eso, una guía, un punto de llegada, un producto del poder construido y acumulado. Por ello es preciso ser severos en la crítica, pero concretos, realistas y progresivos en la propuesta.

Desde Emancipación, en consecuencia, consideramos que debemos articular a todos los sectores sociales y políticos críticos a la oligarquía político-empresarial que domina el país en la más amplia unidad, para trabajar por exigir, como meta inmediata, la dimisión de Vizcarra y la convocatoria a elecciones generales y, como meta estratégica, el inicio de un proceso popular constituyente.

No será una labor sencilla y requerirá de un serio y constante trabajo de articulación de los sectores organizados y de organización de sectores sociales hoy dispersos; de defensa de plataformas de lucha que vengan desde las bases y de creación de consignas comunes a todo el pueblo trabajador; de generación de conciencia política en el seno de nuestro pueblo, de forma creativa y eficiente, y de afirmación de las convicciones políticas de las y los militantes de base.

Debemos salir del reflujo y de la falsa calma. No podemos caer en la desesperanza. El modelo económico se agota y nuestro pueblo ya siente los despidos, el alza de precios y la represión ante cualquier protesta. No son invencibles y su rostro ya salió a la luz. Pero no caerán por sí solos. Es labor de las organizaciones políticas y sociales progresistas y consecuentes trabajar por un verdadero cambio. Es momento de reafirmar ese compromiso con el Perú.

¡Fuera Vizcarra!

¡Elecciones generales, ahora!

¡Por un proceso popular constituyente!

¡Abajo la oligarquía político-empresarial que se cree dueña del Perú!


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EMANCIPACIÓN

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